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domingo, febrero 05, 2012

Punga habla por asociación

Cuando quiere atún, me dirige a la nevera y se sienta frente a la puerta. Cuando quiere galleticas, se para junto a su cuenco. Eso me lo enseñó ella a mí.

La Punga es muy persistente. Por ejemplo, cuando quiere urgentemente algo, como comer en la cocina o salir -o sea, que le abra la puerta. Ha llegado a saltar sobre mí desde un lado de la cama, para despertarme. Cuando logra enlazarme, me dirige caminando delante de mí y mirando hacia atrás para asegurarse de que la sigo. Se comporta en todo como la vieja india de la película 'Un hombre llamado caballo'. La señora india había adoptado al héroe como esclavo y se paseaba por la aldea jalándolo por una cuerda, pretendiendo que era caballo -hasta le obligaba a relinchar. Pues, así me siento cuando la Punga me dirige: como si me fuera jalando con un cordel.

viernes, mayo 09, 2008

Roberto y Sus Manos

Roberto usa sus manos. Aparte de lavarse la cara con el agua del cuenco, hace otras cosas con sus patas. La Pepa le dio a lamer un vasito de yogur. Roberto no podía llegar con su lengua hasta el fondo, así que metió una pata, la embadurnó de yogur y luego se la chupó.

Usó la pata como herramienta, como cubierto. Increíble es este Robertico.

Una amiga me contó que su gato come lomitos de atún sacándolos con las garras de la lata, no con la boca.

No deja uno de asombrarse.

Roberto y la Higiene

Roberto está hace un mes con nosotros. Ya no duerme en la alacena sino en el sofá frente al sofá de la Punga -que esta ahora prácticamente no usa.
Ya no come con tanto afán, aunque ha engordado enormemente. Lo consentimos para que se recupere y olvide su período de hambre y abandono.
La Punga de vez en vez le pega manotazos. Él también a ella, con la diferencia de que él lo hace jugando, mientras que Punga ha revelado ser una verdadera energúmena.

Bien. Ahora quiero tratar el tema de la higiene. Roberto Pato es extremadamente pulcro. Cubre sus heces meticulosamente, volviéndose varias veces a chequear y controlar que esté todo cubierto, y calculando de dónde sacar la arena para cubrir lo que haya que cubrir. Qué gran diferencia con la Punga, que es imprecisa, no cubre completamente sus heces y, en realidad, a veces se limita a hacer una mera finta, arrojando la arena hacia cualquier lado. Roberto, en cambio, parece obseso en su afán de cubrirlo todo.

También es verdad que es espantosamente hediondo.

Pero Roberto, además, después de cagar se lava las patas delanteras. Yo lo había visto lavarse la cara, metiendo las patas en el cuenco de agua. Ahora lo descubrimos lavándose las patas, en el mismo cuenco, después de su visita al baño.

Le colocaremos otro cuenco en el baño, para el agua. Veremos si es capaz de distinguir sus diferentes usos.

lunes, abril 21, 2008

Roberto Pato

Roberto Pato vivía en el amplio jardín de una vieja casona en Viña del Mar. Solía asomarse por entre las rejas que dan a Viana. No sabemos cuándo fue abandonado allí. Lo trasladamos a casa el domingo trece de abril.

Es un gato negro, flaco. Pensábamos que tenía tres meses, pero Roy el veterinario nos dijo que tenía seis, como mínimo, pues ya tenía sus dientes definitivos. Nos dijo que no crecería mucho. O sea, que es un gato enano, casi la mitad de la Punga.

Roberto no hablaba (es decir, sólo emitía un sonido, entre gemido y maullido), no jugaba ni miraba para arriba. Los primeros dos días estuvo recluido en un tipití que perteneció a la Punga, en la despensa, detrás de la cocina. No se asomaba por nada del mundo. En la despensa instalamos también su cagadero.

Empezó a salir poco a poco. Finalmente trasladamos sus cuencos para comer junto a los de la Punga, en el pasillo de la cocina. Así lo fuimos acercando a los otros cuartos. Pero una consecuencia, sobre todo en los primeros días, es que se comía sus platos y los de la Punga. Así, para que la giganta pudiera disfrutar de su ración de atún, tuvimos que encerrar a Roberto nuevamente en la despensa durante la colación.

Ahora habla más; tiene varios registros adicionales que no le conocíamos.

Ahora mira para arriba.

Y juega. Al principio, si le deslizabas una pelota, escapaba a su tipití. Ahora persigue a esas malditas pelotas. Hoy estuvo dándole manotazos al ratón marrón que colgamos del pomo de la puerta de la cocina. Casi media hora estuvo pegando manotazos y brincos y ocultándose al otro lado de la puerta y atacando por sorpresa al roedor. Quedó agotado. Y se echó a dormir.

Suele echarse junto a los cuencos. Decidí quitarle el pedazo de cartón que habíamos puesto junto a los cuencos para evitarles el frío del suelo. La táctica resulta: ahora no se queda haciendo guardia.

Al principio, si le llevábamos a la sala, salía escopetado de vuelta al tipití. Ahora se echa en un sillón, que ha acabado siendo el suyo. Ahí duerme ahora, aunque conserva su tipití.

La Punga lo estuvo evitando al principio. Se fue acercando a él poco a poco. Antes de ayer empezó a acercársele más. Ayer se le acercó a casi veinte centímetros. Al principio, Roberto se engrifaba y gruñía. Pero ayer se la quedó mirando fijo, sin moverse.

Es valiente, Roberto.

La Punga se le lanza encima, y se para justo antes de llegar a él. Quizá piensa que Roberto va a salir escapando. Pero Roberto se queda tieso, como si nada. Aunque hoy escapó y se metió debajo de un mueble. Ahí la Punga ya no pudo llegar a él.

Hoy en la tarde, de repente, Roberto Pato se lanzó encima de la Punga, que salió escopetá.

Han pasado apenas siete días.

La Punga se ha acostumbrado a su presencia y está felizmente muy relajada. Ahora si la acaricias al pasar, te da un lengüetazo, como antes. Pero durante los primeros días de Roberto, si la acariciabas, se echaba para atrás y trataba de esquivarte, o te lanzaba un manotazo.

Teníamos que salir y temíamos lo que pudiera pasar con los felinos en casa. Pues nada, volvimos y estaban donde los dejamos, durmiendo cada uno en un sillón, frente a frente. Se ve que pasó algo, porque derrumbaron una lámpara.

Antes de ayer Roberto se subió a la mesa, de donde lo espanté. Pegó un brinco y cayó encima de la aspiradora, que se echó a bufar. Aterrado se fue a esconder en su tipití.

No recordamos por qué lo bautizamos Roberto. Pato es porque suele caminar entre nuestras piernas, obligándonos a movernos con extrema cautela -como los patos.